Un año después del devastador incendio que asoló parte de la recóndita Isla de Pascua y afectó a más de 200 moáis, las milenarias esculturas con forma de cabeza humana luchan contra la degradación y claman por fondos para ser restauradas.
El fuego se originó en unos pastizales el pasado 4 de octubre, pero se descontroló y alcanzó el cráter del volcán Rano Raraku, conocido como la cantera de los moáis porque es ahí donde los antiguos indígenas rapa nui esculpieron sus icónicos monolitos en piedra toba y los repartieron por la isla, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1995.
Con sus laderas salpicadas por decenas de moáis de distintos tamaños, colocados en distintas posiciones, el Rano Raraku es mucho más que un gigantesco taller ancestral: fue el epicentro del apogeo cultural de Rapa Nui, nombre indígena de esta isla ubicada en medio del Océano Pacífico, a 3.700 kilómetros de Chile continental.
“Fue como ver arder a nuestros ancestros, nuestra historia son ellos. Las llamas nos provocaron una gran desolación”, reconoce a EFE Carlos Edmunds, presidente del Consejo de Ancianos, una institución ancestral.
Se acerca la degradación
Aunque hay claridad sobre el diagnóstico y el tratamiento, el gran desafío al que se enfrenta ahora la comunidad indígena Ma’u Henúa, que gestiona el parque desde 2016, es la búsqueda de fondos.
“Tenemos que buscar recursos nacionales, internacionales, recursos propios, de donde sea”, admite a EFE Nancy Rivera, directora del Parque Nacional Rapa Nui.
Rivera cuenta que todas las intervenciones de conservación tienen que contar con el permiso previo del Consejo de Monumentos Nacionales de Chile y que están a la espera de que les den el visto bueno para empezar a levantar recursos.
Con lo que sí cuentan ahora es con fondos públicos para mantener el parque, cortar el pasto, preservar limpias las veredas y construir cortafuegos para evitar nuevos fuegos.
Estos fondos se complementaban con los ingresos que el parque percibía por el turismo, la principal actividad económica de Rapa Nui, pero el territorio insular habitado más lejano del planeta estuvo blindado durante dos años debido a la pandemia y comenzó poco a poco a abrirse en agosto del año pasado.
Durante aquel tiempo, eran los propios isleños los que con sus propias manos mantuvieron el parque: “Cada familia se fue organizando, vimos a madres con sus hijos cortando el pasto alrededor de los moáis. Fue muy bonito”.
“Lo único bueno de todo lo que ha pasado es que ha aumentado la vinculación de la comunidad con su patrimonio y que volvió la Unesco. Cuando están ellos -concluye-, las autoridades se involucran más”.
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EFE